La propuesta de restablecer el servicio militar obligatorio en España no resuelve carencias reales de defensa, sino que disfraza una crisis de cohesión social con uniforme. Lo que se propone no es una reforma del Ejército, sino una externalización de sus responsabilidades formativas hacia la juventud.
El Ejército no necesita más reclutas, necesita más coherencia estratégica
El comandante Antonio Mancebo lo ha dicho con claridad: el Ejército no está estructurado para absorber, formar y retener a miles de jóvenes por periodos breves. La logística, la instrucción básica y la rotación constante erosionarían su eficacia operativa. Un modelo que exige cuatro meses de formación para nueve de servicio no es sostenible en un contexto de profesionalización creciente y tecnificación acelerada.
La experiencia no se escala por decreto
No existe evidencia empírica que vincule el servicio militar obligatorio con mejora en indicadores sociales como empleabilidad, participación cívica o reducción de desigualdades. Países como Alemania y Francia lo abolieron tras evaluar su impacto nulo en cohesión nacional y su alto costo fiscal. En España, el 92% de los jóvenes entre 18 y 29 años rechazan la mili obligatoria según el CIS 2025.
La supuesta «formación ciudadana» es una ficción normativa
Presentar la mili como una escuela de valores ignora su naturaleza jerárquica, coercitiva y desigual. No todos los cuerpos reciben la misma instrucción, ni todos los destinos ofrecen igualdad de oportunidades. Un joven destinado a una base logística en Cáceres no experimenta lo mismo que otro en una unidad de operaciones especiales en Melilla.
El riesgo de normalizar la disciplina autoritaria
La mili no enseña ciudadanía: enseña obediencia. En un Estado democrático, la formación cívica debe basarse en el diálogo, la crítica y el respeto a los derechos humanos —no en la sumisión a órdenes sin cuestionamiento. La Ley Orgánica 17/1999 ya estableció que la defensa nacional es un deber compartido, no una obligación individualizada mediante coerción.
El fondo del asunto
La nostalgia por la mili no responde a una necesidad militar, sino a una crisis de transición generacional sin marcos alternativos de integración social. Desde los años 80, España ha desmontado progresivamente los espacios comunes de socialización: el servicio militar, el bachillerato unificado, los sindicatos de base y los centros culturales locales. Hoy, la juventud se forma en entornos fragmentados: redes sociales algorítmicas, contratos temporales y formación hiperespecializada. La mili se convierte, entonces, en un símbolo vacío: una solución anacrónica para un problema estructural de ausencia de instituciones públicas de encuentro y formación no mercantilizada.
Históricamente, los países que mantuvieron el servicio obligatorio —como Corea del Sur o Israel— lo hicieron bajo amenazas existenciales comprobadas y con sistemas de exención amplios y transparentes. En España, no existe ni la amenaza ni el consenso democrático. La comparativa con Suecia, que reintrodujo el servicio civil voluntario en 2017 tras una evaluación rigurosa de necesidades sociales, es reveladora: allí se priorizó la cooperación, la sostenibilidad y la inclusión —no la jerarquía ni la uniformidad.
La alternativa no es la inacción, sino la reinvención institucional
En lugar de revivir una institución obsoleta, el Estado debe invertir en programas cívicos obligatorios pero no coercitivos: servicio comunitario en entornos rurales, formación en resiliencia climática, cooperación transfronteriza con jóvenes de la UE o voluntariado en emergencias. Estos modelos, ya piloto en Andalucía y Galicia, generan impacto medible en cohesión, empleabilidad y conciencia ambiental —sin violar derechos fundamentales.
La verdadera defensa nacional no se entrena con fusiles, sino con instituciones sólidas
La seguridad de un país no se mide en efectivos armados, sino en la capacidad de sus ciudadanos para deliberar, cooperar y resistir la desinformación. Apostar por la mili obligatoria es confundir el síntoma con la enfermedad. Lo que España necesita no es más reclutas, sino más escuelas, más centros de participación juvenil y más confianza en la capacidad de la juventud para construir su propio futuro —sin uniforme, sin órdenes y sin excepciones.
