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En nombre de la humanidad: Lugares considerados patrimonio mundial

by Javier Gutiérrez
Patrimonio de la humanidad
Las primeras declaraciones de patrimonio mundial datan de 1978 y fueron sólo doce, entre ellas las islas Galápagos y Quito en Ecuador, los parques de Yellowstone y de Mesa Verde en Estados Unidos, las iglesias de Lalibela en Etiopía, Cracovia y las minas de sal de Wieliczka en Polonia y la isla de Gorée en Senegal.

Los más de 1.000 lugares considerados patrimonio mundial por la Unesco constituyen un selecto grupo formado por los monumentos culturales y las extensiones naturales más espectaculares y representativas del planeta, una lista prestigiosa a la que, cada vez más, los países quieren incorporar nuevos elementos considerados signos de su identidad o de su cultura y de trascendencia de su pasado cargado de historia.

Fue a comienzos de los años sesenta cuando la protección de las grandes obras de la cultura y de la naturaleza adquirió una auténtica dimensión internacional. Por aquellos años, la Unesco lanzó una campaña internacional para salvaguardar los monumentos de Nubia, en Egipto, que habrían sido inundados por la construcción de la presa de Asuán. Todavía hoy se recuerdan aquellas espectaculares imágenes del traslado aéreo de algunas de las estatuas de los templos de Abu Simbel y de Filae, que fueron desmontados piedra a piedra, trasladados a terreno seco y montados de nuevo.

La campaña costó cerca de 80 millones de dólares, la mitad de los cuales fueron donados por unos 50 países, lo que demostró la importancia de la responsabilidad compartida entre las naciones para la conservación de lugares culturales excepcionales. El éxito de aquella iniciativa condujo a otras campañas de salvaguarda como las de Venecia, Moenjodaro (Pakistán) y Borobudur (Indonesia).

En 1972, la Unesco creó la Convención del Patrimonio Mundial con el objetivo de proteger los bienes que se pudiesen considerar de valor excepcional universal, y para darle más relevancia estableció una lista, en la que se han inscrito los lugares considerados únicos y muy especiales para la humanidad.

Son los propios países los que establecen sus prioridades. Las demandas de inscripción se formulan como patrimonio cultural, para lo que se tiene en cuenta su valor histórico, estético, arqueológico, científico, etnológico o antropológico, o como patrimonio natural, que incluye lugares excepcionales por sus condiciones físicas, biológicas y geológicas y hábitats de especies animales y vegetales amenazadas.

Hoy, la notoriedad que confiere la declaración de patrimonio mundial y el apoyo de la comunidad internacional se ven sobrepasados por la gran atracción que supone para los turistas, que buscan, más que nunca, un valor añadido a los lugares que visitan.

A los bienes declarados patrimonio de la humanidad se les plantea el reto de conciliar las relaciones que mantiene el turismo con el medio ambiente y el patrimonio y, al mismo tiempo, asegurar un desarrollo duradero que garantice la biodiversidad, las identidades culturales y la protección de los seres en su espacio cotidiano.

Criterios para ser considerado patrimonio de la humanidad

Las primeras declaraciones de patrimonio mundial datan de 1978 y fueron sólo doce, entre ellas las islas Galápagos y Quito en Ecuador, los parques de Yellowstone y de Mesa Verde en Estados Unidos, las iglesias de Lalibela en Etiopía, Cracovia y las minas de sal de Wieliczka en Polonia y la isla de Gorée en Senegal.

Las grandes “maravillas”, como las pirámides, la Acrópolis, los glaciares de Argentina, la Gran Muralla o el Taj Mahal se incorporaron a medida que los países ratificaban su compromiso de preservación del patrimonio. La Unesco tiene establecidos diversos criterios para otorgar la calificación de patrimonio de la humanidad, aunque la referencia común es el valor universal y excepcional.

Las naciones, los estados, incluso las comunidades locales han ido incrementando su conciencia en la necesidad de preservar estos signos del pasado y dedican esfuerzos y recursos para mantenerlos en buen estado y darlos a conocer.

El primer requisito es ser una “obra maestra del genio creador humano”. Un ejemplo claro son la ciudad histórica de Ouro Preto en Brasil, los templos de Angkor en Camboya, el parque de Rapa Nui en Chile o el mausoleo del Primer Emperador Qin en China.

Otro de los valores es que el lugar haya significado “un intercambio de valores humanos y de influencias”. En este capítulo figuran Córdoba y el valle de Boí en España, el Kremlin y la plaza Roja en Rusia, Versalles y la catedral de Chartres en Francia y Borobudur en Indonesia.

Muchos de los bienes aportan un “testimonio único de una tradición cultural o de una civilización viva o ya desaparecida”, como los monumentos de Hué en Vietnam, Hierápolis y Pamukkale en Turquía, la ciudad santa de Anuradhapura en Sri Lanka, el santuario de Machu Picchu en Perú y Teotihuacán y Xochimilco en México.

Otros lugares constituyen “un ejemplo excepcional de un tipo de edificio o de conjunto”, como los palacios reales de Abomey en Benin, Potosí y Sucre en Bolivia, Olinda y Salvador de Bahía en Brasil y Dubrovnik en Croacia. Cuando es un “ejemplo eminente de hábitat humano representativo de una cultura” y está en peligro, merece su inclusión, como La Habana (Cuba), El Cairo (Egipto), Gadamés (Libia) y Fez y Marrakech (Marruecos). Finalmente, hay lugares asociados “a acontecimientos o tradiciones vivas, ideas o creencias de significación universal excepcional”, entre ellos, el valle de Katmandú en Nepal, Damas y Bosra en Siria, el anfiteatro de El Jem en Túnez y Sanaa en Yemen.

En los bienes naturales se considera la belleza y la diversidad biológica. Esos requisitos los reúnen las cataratas de Iguazú y los glaciares en Argentina, la Gran Barrera de Coral y el parque de Kakadu en Australia o las islas Galápagos en Ecuador.

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