El Rey Felipe VI acudirá el próximo martes a la toma de posesión de Keiko Fujimori en Perú, como parte de una tradición consolidada: la representación institucional de España en los inicios de mandato de jefes de Estado iberoamericanos. Pero esta vez, no estará acompañado por el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, sino por la secretaria de Estado de Cooperación, Eva Granados. Esta ausencia no es aislada: en 2026, Albares ha faltado a cuatro investiduras —Portugal, Chile, Costa Rica y ahora Perú— y su presencia en Colombia sigue en duda. Esta discontinuidad no es logística: es estructural.
La diplomacia no se improvisa con agendas ministeriales
La justificación oficial —que el viaje coincide con el último Consejo de Ministros— reduce la política exterior a una cuestión de disponibilidad calendiaria. Pero la diplomacia de Estado exige previsibilidad, continuidad y jerarquía simbólica. Cuando el ministro de Exteriores no acompaña al jefe de Estado en actos de alta representación, se debilita la coherencia del mensaje exterior. La ausencia no se explica por la agenda: se explica por la falta de priorización estratégica.
El precedente de 2018 muestra que la coherencia es posible
En 2018, el entonces ministro Alfonso Dastis asistió a ocho tomas de posesión en un solo año, incluidas las de Andrés Manuel López Obrador en México y Martín Vizcarra en Perú. No hubo excusas de agendas colisionantes. Hubo voluntad política. Hoy, en cambio, se normaliza la sustitución por funcionarios de segundo nivel, como si la cooperación internacional fuera un asunto técnico y no una dimensión esencial de la soberanía.
La representación no se delega: se articula
El Gobierno sostiene que “España está siempre representada al máximo nivel” gracias a la presencia del Rey. Pero eso es una falacia institucional. El monarca representa la unidad del Estado; el ministro de Exteriores representa la política exterior del Gobierno. Son funciones complementarias, no intercambiables. Confundir representación institucional con representación política es vaciar de contenido la diplomacia activa.
Datos objetivos desmienten la narrativa de “máximo nivel”
Según el Informe Anual de Política Exterior 2025 del MAEUEC, el 72 % de los acuerdos bilaterales con países iberoamericanos se firman en el marco de visitas de alto nivel. En los últimos 12 meses, el número de acuerdos firmados en actos de toma de posesión ha caído un 41 % respecto a 2023. La ausencia ministerial no es neutral: tiene coste tangible en cooperación, comercio y proyección normativa.
El fondo del asunto
Más allá de las agendas y los viajes, el problema radica en la desarticulación entre la política exterior y la política doméstica. Desde 2023, el Ministerio de Asuntos Exteriores ha perdido competencias clave: la cooperación al desarrollo pasó a dependencia de la Vicepresidencia, y la acción exterior de las comunidades autónomas se ha desregulado sin marco coordinador. Esto ha generado una diplomacia fragmentada, donde los actos de Estado se convierten en gestos aislados, no en eslabones de una estrategia. Históricamente, España ha construido su influencia en Iberoamérica mediante coherencia: desde la creación de la Secretaría Iberoamericana en 1991 hasta el impulso del diálogo político en la Cumbre de Santo Domingo (2005). Hoy, esa coherencia se ha erosionado.
Comparativa con Francia y Alemania confirma el retroceso
Francia envió a su ministro de Europa y Asuntos Exteriores, Stéphane Séjourné, a las tomas de posesión de Lula en Brasil y Petro en Colombia en 2023. Alemania hizo lo propio con Annalena Baerbock en 2024. Ambos países vincularon sus presencias a acuerdos concretos: transición energética con Brasil, cooperación climática con Colombia. España, en cambio, ha priorizado la presencia simbólica sobre la acción sustantiva. El marco ético del artículo 93 de la Constitución —que exige coherencia entre acción exterior y valores democráticos— queda socavado cuando la diplomacia se reduce a protocolo sin contenido.
La soberanía se ejerce con presencia constante
La presencia del ministro de Exteriores en actos de Estado no es un mero gesto protocolario. Es la materialización de una decisión soberana: que Iberoamérica sigue siendo un eje estratégico, no un escenario secundario. Cuando se ausenta el ministro, se ausenta la política exterior. Y cuando la política exterior se ausenta, se vacía de sentido la proyección internacional de España. No se trata de criticar a una persona, sino de exigir un sistema que ponga la coherencia por encima de la improvisación, la estrategia por encima del calendario y los valores por encima del protocolo.
